Cuando las cosas se comprenden a medias…






En el año 2005 Javier Romañach y Manuel Lobato propusieron el concepto de “diversidad funcional”. Lo hicieron mediante un mensaje de correo electrónico dirigido al, entonces, Foro de Vida Independiente, para someter a debate el nuevo concepto.

Han pasado ya quince años, y ese nuevo concepto se viene implantando en nuestro hablar cotidiano, a través, mayoritariamente, de un uso terminológico y significante, “personas con diversidad funcional”, y en menor medida a través de un uso conceptual y significativo, “personas discriminadas por su diversidad funcional”. Considero el primero como un uso extensivo y táctico, sustitutivo del término “discapacidad” en el lenguaje e imaginario colectivo, y el segundo como un uso intensivo y estratégico, deconstructor del discurso del capacitismo en ese mismo imaginario. Lo interesante es que ambos usos del término diversidad funcional contribuyen a su difusión en la sociedad, aunque con diferente apropiación social del valor de la propuesta.

Una búsqueda en Google, en la que combinemos “diversidad funcional” y “discapacidad” devuelve a día de hoy más de 900.000 resultados. Esta extensión cuantitativa y atención al nuevo término incluye también las críticas que desde su origen, y aún actualmente, se le hacen. Esta es una de las cuestiones que analizamos en este proyecto de investigación. El sentido de hacerlo tiene que ver con una asunción de partida en nuestro planteamiento: el discurso de la diversidad funcional y el del capacitismo son discursos antagónicos, como ya he mencionado en notas anteriores. Cabe pensar, por lo tanto, en la posibilidad de que tales críticas tengan su origen y su razón de ser, inadvertidamente, o no, en este discurso.

Desde lo que considero una comprensión “a medias” (incompleta, insubstancial, vaga) del concepto de diversidad funcional es muy común encontrar quienes lo reducen a un mero eufemismo inventado irreflexivamente al margen del rigor académico, por activistas cuya única finalidad es evitar la palabra “discapacidad”. En otras ocasiones, se refieren a la diversidad funcional desde un discurso que pretende trivializar la idea, “si todos somos diversos funcionales...”, tratando de mostrar así su supuesta falta de contenido y la debilidad de la propuesta.

En el vídeo que acompaña esta nota he recogido un fragmento de la conferencia “Hechos y valores en la relación clínica”, pronunciada en la Universidad de Puerto Rico, por Diego Gracia, Catedrático Emérito de Historia de la Medicina, en la Universidad Complutense de Madrid, donde alude al uso del término diversidad funcional. De sus palabras se desprende que es muy consciente de la importancia de la dimensión de los valores en el uso del lenguaje, se refiere a la no neutralidad axiológica de denominaciones como “discapacitados”, y señala el peligro de incurrir en discriminaciones cuando no se permanece atento a esa falta de neutralidad. Además, es evidente que el profesor Gracia comprende bien una de las ventajas del uso del término diversidad funcional, que es, cuando menos, la ausencia de una valoración negativa inherente al mismo:

“¿Saben ustedes cómo quieren [los discapacitados] que les llamemos?, por lo menos en mi país, ¿no?… Diversos funcionales [risas del público]… Claro, ¿por qué? Pues por que diversos funcionales somos todos [más risas del público, y también del conferenciante], y por tanto ahí no hay valoración negativa. ¿De acuerdo?”

Sin embargo, que no haya valoración negativa no implica que no haya discriminación, “discriminación por no estar en la norma mayoritaria”, como señala Javier Romañach a continuación de ese fragmento. Y sigue:

“Esa es, digamos, la fase superficial de todo esto… La verdaderamente profunda es la lucha contra el capacitismo”.

Todo lo que tiene que ver con el cambio terminológico es solo, concluye Romañach:

“… la punta del iceberg, de un modelo muy profundo que reivindica una transformación global de la sociedad”.

Llegar a entenderlo así implica una comprensión del concepto de diversidad funcional que va mucho más allá de su mera comprensión a medias. Después de quince años, que se difunda y se logre esta comprensión más completa y profunda, por parte de la sociedad y de las instituciones necesarias, es todavía su reto fundamental pendiente.



Mario Toboso

Instituto de Filosofía, CSIC

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